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5 de junio de 2026

Publicado en la revista Mass Transit.
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Por Magnus Friberg, director ejecutivo | Luminator Technology Group

Hace solo unos meses, el transporte público norteamericano se encargó de la organización de la Super Bowl. En cuestión de días, 16 ciudades anfitrionas de tres países se encargarán de la organización de la Copa del Mundo de la FIFA, el mayor torneo internacional de fútbol jamás celebrado. Dos veranos más tarde, Los Ángeles acogerá los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de 2028.

Entre ambos extremos se extiende un calendario de convenciones nacionales, campeonatos y giras que, cualquier fin de semana, convierten el sistema de transporte regional en la puerta de entrada de toda una ciudad.

Para nuestro sector, este es el momento que llevábamos tanto tiempo esperando. La oportunidad de demostrar ante la mayor audiencia posible de lo que es capaz el transporte público moderno: desplazar a millones de personas en cuestión de minutos, gestionar horarios dinámicos y garantizar la seguridad de los aficionados.

También es el momento para el que nos hemos estado preparando.

Quiero decir algo que en nuestro sector sabemos, pero que rara vez se dice en voz alta: nos referimos a los megaeventos como excepciones.

En el ámbito profesional se les trata como una categoría aparte, un despliegue especial, una prueba que se realiza una vez cada década. Celebramos el rendimiento demostrado y luego seguimos adelante. La narrativa que aceptamos es que el pico fue extraordinario, el escrutinio fue inusual y el nivel de rendimiento que ofrecieron las agencias durante esas 72 horas fue el propio de una ocasión especial, no un anticipo de lo que es posible cada día.

Hay algo de cierto en esa forma de plantearlo, pero la cuestión va mucho más allá.

Lo excepcional es el avance

La verdad es que el nivel que alcanzan las agencias durante los megaeventos es el mismo por el que trabajan cada día. Información clara. Llegadas fiables. Seguridad visible. Un equipo que se anticipa en lugar de reaccionar.

El hecho de que podamos ofrecer esa experiencia bajo presión un domingo de febrero, cuando los ojos de todo el país están puestos en un estadio, es en sí mismo la prueba de lo que esos mismos sistemas pueden ofrecer un martes por la mañana de marzo, cuando nadie está mirando.

Los megaeventos no ponen a prueba nuestra capacidad para alcanzar la excelencia. La revelan. Además, ponen de manifiesto, con la misma claridad, la brecha que existe entre nuestro máximo potencial y nuestra capacidad para estar a la altura de las circunstancias.

Este verano, nuestro sector se ha propuesto reducir esa brecha con un objetivo ambicioso.

La coordinación, y no la contratación, es el factor determinante

Desde mi punto de vista, las primeras dudas que surgen a la hora de planificar un megaevento suelen ser de carácter tecnológico. ¿Las pantallas mostrarán las actualizaciones con la suficiente rapidez? ¿Están bien colocadas las cámaras? ¿Podrán las herramientas de gestión de operaciones soportar la carga de trabajo? Son preguntas reales. Pero no son las que determinan el éxito del evento.

Las cuestiones clave tienen que ver con la coordinación: si el transporte público, los gestores de las instalaciones, los servicios de seguridad pública y las autoridades municipales están en sintonía; si las agencias que comparten una misma región intercambian datos; si el conductor de autobús que realiza un desvío sabe lo mismo que el controlador ferroviario; y si el usuario que cambia de medio de transporte a mitad del trayecto ve en el andén la misma información que había consultado en su teléfono tres minutos antes.

La tecnología facilita la coordinación, pero no la sustituye. Los ciclistas notan la diferencia cuando todos esos hilos se entrelazan, y la notan con mayor claridad cuando no es así. Las entidades que se ganarán un reconocimiento duradero este verano son aquellas que han estado invirtiendo discretamente en los vínculos entre los sistemas y entre los socios, mucho antes de que se publicara el calendario de la Copa del Mundo.

Esa inversión es más difícil de financiar y de valorar que la adquisición de un equipo. Además, es la inversión que perdura en el tiempo.

La seguridad es lo más importante

Existe un contrato entre cada pasajero y cada empresa de transporte. El pasajero sube al vehículo, confía en el operador, confía en el material, confía en que la información sobre la próxima parada sea correcta, en que el recorrido se realice según lo previsto y en que la empresa le lleve a casa sano y salvo. Ese contrato se renueva viaje a viaje, y se incumple viaje a viaje. Los grandes eventos lo condensan en días de intensa actividad de cara al público. No lo cambian.

La seguridad es el hilo conductor. No la seguridad como una característica, una estadística o una campaña. La seguridad como la promesa constante de que el sistema al que los usuarios acceden hoy será, como mínimo, tan fiable como el que utilizaron ayer. Tanto los visitantes como los residentes valoran la seguridad de la misma manera: por lo que ven, oyen y perciben. ¿Resulta acogedora la estación? ¿Tiene el operador la conciencia situacional necesaria para saber lo que ocurre a sus espaldas? Si algo sale mal, el sistema está diseñado para aprender de ello en lugar de ocultarlo.

Los megaeventos no modifican el contrato. Lo ponen en el punto de mira.

El papel de los proveedores

Luminator comenzó como una empresa de hardware y ahora opera en los ámbitos del software, los datos y la tecnología basada en la inteligencia artificial, todo ello con el objetivo de ayudar a los clientes a alcanzar sus metas de operaciones más inteligentes, entornos más seguros y mejores experiencias para los pasajeros.

No planteo esta cuestión para hacer publicidad. La planteo porque el debate sobre los megaeventos se ha enfocado con demasiada frecuencia como una cuestión de contratación pública, y los proveedores como nosotros tenemos la responsabilidad de superar esa idea errónea.

Nuestro trabajo no consiste en vender a las agencias un equipo para el Mundial. Consiste en ayudarles a mantener el nivel alcanzado este verano durante los años venideros. Debemos organizarnos como socios en torno a las integraciones, los análisis y el apoyo sobre el terreno que convierten un buen fin de semana en un buen año, y un buen año en un cambio radical que todos puedan percibir.

El trabajo que nos espera

Este verano es un escaparate único en una generación: las 16 ciudades anfitrionas de la Copa del Mundo en toda Norteamérica pondrán en marcha sus sistemas de transporte público ante los ojos del mundo. Dentro de dos años, Los Ángeles hará lo mismo. Los titulares destacarán el trabajo visible, esos momentos operativos que los visitantes perciben y recuerdan.

El trabajo más arduo y duradero es el que viene después. Dependerá de si la disciplina del centro de mando del evento se traslada a las operaciones cotidianas; de si los datos que generan las agencias durante un fin de semana de máxima afluencia sirven de base para las decisiones que toman en octubre; y de si la confianza ganada con una familia visitante se convierte en la confianza depositada en el usuario habitual del transporte público —y en la confianza ganada en el transporte público en su conjunto—.

En nuestro sector se suele considerar que los megaeventos son la meta final. Pero no lo son. Son la prueba más clara y justa a la que jamás nos enfrentaremos sobre lo que nuestros sistemas son capaces de hacer, y un compromiso público de seguir rindiendo a ese nivel incluso cuando nadie nos está mirando.

Estamos más que a la altura de las circunstancias. Solo tenemos que ponernos de acuerdo, colectivamente, en que este momento es la nueva norma.

Revista Mass Transit
5 de junio de 2026